Dos juegos un poco similares

Esta suricata recuerda cómo, durante su infancia, descubrió una de sus más grandes pasiones, aun en sus limitaciones.

Mi primer PlayStation vino de Estados Unidos a la casa de mi abuela en Chincha en una caja negra llena de palabras que años después descubriría cómo leer. Vino, si mal no recuerdo, en los brazos de mi tía. «Leonardo, ¡mira!». La cama vacía, el asma del pecho, los brazos fríos. En aquella casa de adobe que años después terminaría hecha escombros por el Gran Terremoto del 2007, sostuve mi primera consola.

En mi cabeza, pocas imágenes sobreviven de aquel entonces. El orondo televisor gris con el cual mi abuela y yo horas enteras mirábamos las telenovelas de canal 9. Las bancas de madera, pequeñas, bermejas y suaves. El techo de caña y el tragaluz por donde imaginaba mundos ajenos y extraños, llenos de aves y gatos, de vagabundos y espíritus. Sí, creo que eso sobrevive en mí después de tantos años.

En esa casa, que muchas sentí atravesada por el polvo de la mañana, jugué mis primeros videojuegos. Era yo, sentado, conectando los cables de un dispositivo que había sido diseñado para salas artificiales, como las de Nevada o Wisconsin, salas las cuales años después terminaría habitando. Era yo jugando Crash Bandicoot, NFL y una demo Monsters Inc. Era yo feliz con una Play Station 1 en Perú, mientras que en otras latitudes del mundo ya muchos niños jugaban a la Play 2. Y otros niños nunca tocaron una Play siquiera.

Aprendí a jugar en una consola antes que saber cómo patear un balón. Siempre fui un niño hecho para habitar las ventanas de la casa. Desde ellas, observaba como mis semejantes, los niños de las otras casas, los libres, los alegres, revoloteaban en el pasto y hacían de todo un pelota de fútbol: una chapita, una botella, cualquier trozo de materia. Sangraban de las rodillas y reían. Metían un gol y reían. Juntos, creaban las primeras ficciones de la vida, las ficciones de los juegos. ¿Qué deportistas en esos años eran los más populares? Si hurgo en mi memoria, solo los nombres Ronaldo o Kaká aparecen. Mientras que, tengo entendido, ellos creían que eran otros jugadores. En esas tardes de espionaje vecinal, escuché nombres europeos que solo podría verbalizar años después, cuando, por esas coincidencias de la vida, terminé en San Francisco hablando de fútbol con un inglés.

Yo jugaba otro tipo de juegos. Postrado en el piso, en el banco, en cualquier superficie, jugaba. Solo una pantalla me bastaba para entretenerme un par de horas. Y es que jugar en la consola tenía ciertos parecidos con la lectura, otro de mis hábitos comunes. Ambas actividades me hacían imaginar mundos insospechados, querer a seres imaginarios y, primordialmente, me hicieron muy feliz en una infancia que terminó a los 8 años, cuando probé mi primer helado, luego de una vida de manzanillas y noches en el hospital.

¿Hubiese sido más feliz si nunca hubiese presionado el botón verde de la Play? A veces lo pienso. Pero luego recuerdo que hubo unas tantas veces, unas cuantas ocasiones, insularidades contadas con los dedos de mi mano, en los cuales yo también me uní a los juegos del exterior. Yo también sangré. Yo también dejé que los dedos de mis pies y mis manos se manchasen de realidad. Pero, a diferencia de mis efímeros amigos, me agotaba, me faltaba el aire, me deshacía en solo unos minutos.

«Ve al arco». Esa fue la respuesta. Y en el arco era un observador, un participante más, un jugador. Entre esas dos rocas que en nuestras cabezas bastaban para construir una portería, me sentía más niño que nunca, más alegre que nunca. Y así fue como finalmente encontré un lugar en ese mundo que nos comprimía entre dos calles. Imagino hoy mi sorpresa al enterarme de que había un juego que combinaba esos dos mundos. Imagino hoy, trato de evocar ese primer momento en el cual me enteré de que el fútbol también podía ser jugado en una mesa. Un disco y yo también dominaba. Un disco y yo también gambeteaba, daba pases de gol y marcaba de cabeza. Hoy, de vez en cuando, me siento un niño de nuevo. Prendo la Play.