Demasiado pronto, la verdad

Esta suricata habla sobre cosas que no le competen. Escribe sobre la complicada interacción entre dos personas ajenas a él.

Recuerdo que el amor atravesó muy pronto a Ricardo. Muy pronto, demasiado pronto, la verdad. Dos semanas le tomó que su corazón tuviese dueña, si mal no recuerdo, y perdóname si es así, Ricardo, ¿lo harás? He cambiado tu nombre. Tú no te llamas Ricardo y yo tampoco me llamo Leonardo. Pero te tomó dos semanas sentir amor, cosa que a día de hoy todavía no me explico, la verdad.

Amor. Qué palabra más loca. Faulkner, en una de sus novelas, menciona, o lo hacía uno de sus personajes, lo inútil que resultan las palabras para designar la realidad. La construcción de estas son observaciones ajenas a quien experimenta la palabra. ¿Se llamaría el amor así si hubiese otra construcción similar? Si entre el gusto y el amor hubiera mil palabras más, ¿cuántas veces mis amigos hubiesen dicho otra locución más allá del simple «te amo»?

Te quiero, te necesito, te extraño, me he obsesionado con tu carne, tu olor, tus maneras de decir las palabras, tu forma de acariciarme, tu risa tonta que se encadena con mis tontas anécdotas. Sí, pudieron haber elegido muchas palabras más, pero no lo hicieron. Porque ni una boca replica el sonido de las almohadas. Porque ni una lengua puede imitar la cadencia del tacto.

Y tú, Ricardo, te tomó dos semanas, muy pronto, la verdad, para enamorarte de Cecilia. ¿Cómo fue? ¿Qué te dijo? ¿Qué te mostró? A veces, mientras veía sus historias, la encontraba tan fuerte y tímida a la vez. Semi desnuda, decía aceptar su cuerpo, tocar su cuerpo, sentir su cuerpo, observar su cuerpo, con la profundidad de su mirada focalizada en el objetivo de su celular, un iPhone que tengo entendido le compró su papá, porque Cecilia hace diez años le había prometido acabar la universidad y aún no la termina, y me dijeron que se irá a Barcelona a postular a otra más.

Pero tú si la terminaste Ricardo. ¿Y qué nos prometieron? Éxito, dinero, un buen sueldo y tranquilidad. ¿Y qué llegó en cambio? La angustia, la decepción y la realidad. No fuiste tan bueno como los otros, pero tampoco el peor. Fuiste, como yo, uno más del cargamontón, de los que iba en la combi a la universidad y, con mucha suerte, podía ganar algo más los fines de semana, para chelear, para tomar, para bailar, para follar, principalmente, con mujeres que muchas veces eran igual de cínicas que nosotros. El telo era unos 30 soles. Los condones eran unos 6 soles más. Dependía mucho el precio del lugar. Y míralas y míralos, a algunos les gustaba así no más, como viniera, y hoy, fuera de la universidad, tienen hijos y son felices. O bueno, yo qué sé, qué más nos queda.

¿Qué más nos queda? Nos quedan apenas los sueños luego de las 8 horas de trabajo. Nos queda la risa y la ironía, la privacidad que publicamos y la tristeza con la que combatimos a diario, cuando en la cama, debajo de las sábanas, nos negamos a confesar que perdimos, que nos desperdiciamos, que tal vez no valieron la pena esos años que pasaron, que tal vez si mañana desaparecemos, solo nuestras madres lo notarían. ¿O no? O serás tú o seré yo quien le diga al joven Checho, tan inteligente Checho, muchísimo más que sus profesores, que su sueldo mísero del Estado que no llega a los mil soles es suficiente para todas las fechas y autores que conoce. ¿O no? O seré yo quien le diga a Tito que fue injusto como su padre le consiguió un puesto en el Estado que a otros le hubiesen tomado 5 o 6 años, y que vaya que jode, y que vaya que come, y que vaya que, cuando está ebrio, manda al grupo ese de WhatsApp fotos de mujeres enseñándolo todo, cabalgándolo todo, chupándolo todo por esos soles que tiene en su tarjeta.

Así hubieses querido tener a Cecilia, ¿verdad? No te culpo aunque quiero culparte. Cecilia tenía una belleza particular, una forma de encantarnos con su personalidad fucsia y su astucia felina. Y Cecilia también te quiso. Quiso tu voz, quiso tus palabras, tu sentido del humor y ese olor a cigarrillos que seguro tiene tu cuarto. Ri. Car. Do. Me mencionó tu nombre cuando se conectaron ambos en Instagram. Y ella: ¿Quién es Ricardo? Y tú: ¿Quién es Cecilia? Y yo: no tengo tiempo para ambos, solo quiero estar en mi cuarto, ha subido la renta y estoy pensando y pensando.

Pero Cecilia paró de preguntar cuando se enteró de que tú no podrías llevarla a viajar. Cuando supo que contigo no iba a conseguir lo mismo que con otros consiguió al momento de dejarse amar. Cámaras que costaban una colegiatura. Almuerzos que duplicaban la despensa de una quincena. Libros que solo conocíamos en pdf. Y hubiese estado bien, la verdad que sí. Nadie tiene que retribuir el amor por gentileza. Pero Cecilia te llamaba llorando, te escribía a todas horas, y necesitaba de ti, atención de ti, tiempo de ti, vida de ti. Y tú le habías dicho que ya, le habías escrito ya, le habías confesado ya, que ya la querías, que ya la deseabas. Y ella que, en las noches, ya desesperada, mientras hablaba de drogas y música —o al menos eso supongo que era de lo cual hablaban— evitaba todo.

Cecilia, además, tenía un novio de hace muchos años atrás que veía una vez cada tantos meses. Tenía un amor, tenía una nostalgia, tenía un recuerdo. Como tú, como yo, como todos alguna vez lo tuvimos cuando éramos más niños…

Demasiado pronto, la verdad. ¿Cómo fueron los dos capaces de aglutinar tanto en tan poco? No lo sé, ni quiero enterarme, la verdad, yo solo quiero a veces, y cuando quiero me desahucio, me vuelvo un marginal. Y ahora que han pasado unos meses desde que ya lo tuyo y lo de Cecilia terminó, los veo a los dos, como desangrados por algo que nunca pasó. Tú, tienes un trabajo normal, una vida normal y sexo regular con mujeres que también, dentro de lo que nos enseñaron en la vida, son regulares. Cecilia, por su lado, se ha ido muy lejos de donde vivía, porque desde que tú apareciste en su vida, terminó su relación, inició otra y volvió a terminar. Y fue demasiado pronto, la verdad. Pero qué más da, hay cosas que simplemente suceden, y sé que su viaje a Barcelona está más que asegurado.