De golpe en golpe

Luego de unos meses de confusión, trabajo y desidia, esta suricata vuelve a escribir una pequeña pieza anodina.

Tengo ideas que siempre quieren aterrizar en el papel, pero muchas veces me he convencido de que no tengo tiempo para ellas. Hay ocasiones en las cuales me hipnotizo mirando al reloj. Se parte como una flor podrida en su centro el reloj, y la aguja de su segundero me intriga. Cae, se levanta, cae y vuelve a levantarse. Presume. Golpea. He querido sostenerla, romperla, hacerla trizas y retroceder el tiempo. Pero aquello que pienso es un delirio y nunca podré.

Nunca podré.

En estos meses no he estado conforme —¿Cuándo lo estuve en realidad?—. ¿Qué soy? ¿Qué quiero? ¿Qué deseo? ¿Qué consigo? Quiero que mi panza no pronuncie más su curva, que mis ojos ya no se cansen, que mis pensamientos me sean más accesibles, coloridos, vivos como un jugo de fresa o un turrón. Quiero una vida, pero no estoy dispuesto a vivirla.

Los estragos que dejó la pandemia detrás de mí (dentro de mí o en mí) fueron devastadores. Lo noto en mi voz, en mi andar, en las palabras que estructuro. Fue una desgracia paulatina, una cadena de eventos desafortunados que inició con la pérdida del tiempo y la muerte del calendario. Siempre era lunes, siempre era martes, siempre era domingo. Siempre la mañana y la tarde. Siempre la noche y el sueño. Siempre el mismo día y las mismas paredes. Y nunca mañana.

Simplemente, la vida se estancó. Perdí el gusto por la nueva música, los nuevos libros, las nuevas películas, las nuevas series. Le perdí el gusto a la vida forzadamente. ¿Valía la vida lo mismo si estaba reducida a unos metros cuadrados? No lo sabía. Apenas resistí. En mi soledad, extrañaba al otro, al otro con quien me descubría y reía, al otro que a veces me dañaba o me hacía alegrar. Extrañaba la vida.

Y extrañaba, irónicamente, la soledad. Porque la soledad no era únicamente estar solo. La soledad era un estado que dependía de los demás. No es lo mismo escuchar un disco caminando en los parques que mirando las paredes del cuarto. No es lo mismo el cine como escape, que el cine como rutina.

Pero me forzaba, me diluía. Traté de convertirme en una biblioteca de carne y hueso. En vano, lo hice, pues esta biblioteca se cansa, duerme y tiene que ir al baño. Traté de simular que era el mismo de aquel mundo prepandémico, tan lejano y borroso. El hombre que en su hogar era uno y en el trabajo era otro. El hombre que producía.

Mis cuartos lo supieron antes que yo —porque en estos últimos años me he mudado algunas veces—. Para mí la alcoba siempre fue un cobijo de ese mundo extraño y ajeno. Mis papeles eran espacios de ficción y sueños, mis libros eran premios y consolaciones, y la pantalla de mi MacBook era el mejor de los cines o la mejor de las televisiones.

Mis cuartos atestiguaron el cansancio y la desidia. Me vieron cerrar el libro y no seguir. Me observaron tratar de consolarme en el tiempo perdido y placeres efímeros.

Con la pandemia sentí la culpa de existir. Conseguí un trabajo que se extendió como una enfermedad sobre las hojas sueltas que antes respiraban poesía. Vistiendo un negro pestilente, los números desgarraron las palabras y las anotaciones. Las llamadas laborales acribillaron los versos. Los archivos “pdf” sustituyeron los “mp4”. Y así, paulatinamente, asesiné al otro yo que disfrutaba escribiendo Suricatas, cuentos, poemas y pequeñas —y anodinas— opiniones de música, películas y libros.

Sin embargo, la promesa de volver existía. Me prometí que todo mejoraría. Que volvería un día y escribiría… Pero no la pude cumplir sino hasta hoy, un año y tantos meses después. Porque no sabía qué era lo que necesitaba. No sabía qué era lo que hacía.

— Este fin de semana seré una persona mejor.

— Este fin de semana lavaré mi ropa.

— Este fin de semana ordenaré mis horarios.

Cada quien escoge su mentira.

Aunque no todo ha sido un lamento. A veces, en aquellos días en los cuales me despojaba de mi halo laboral, brotaban en mí ideas fantásticas, me hablaban de nuevos mis personajes. Y me decía “leamos un poema, escribamos un cuento”. Y brevemente lo hacía, hasta que en la noche debía volver a pensar en las facturas del fin de mes y los gastos del fin de semana.

Pero hoy me siento bien, o al menos creo sentirlo. Me levanto, busco lo invisible, busco el susurro, la tristeza, la lágrima, el batir de la mariposa, la mirada perdida del animal que duerme en la calle. Me busco a mí mismo. Cuando llega el vacío de la noche. Cuando mi rostro es trazado por las luminosas tablas de excel de una pantalla, tengo ganas de buscarme a mí mismo.

De nuevo hoy, escribo, sueño, susurro. Hay días en los cuales construyo un verso anodino, una palabra improductiva. En pequeños golpes, la suricata sale del hoyo.