Buscando el olvido

Esta suricata trata de olvidar a alguien mientras, inconscientemente, se proyecta en algunas personas que influyeron en su vida.

Hasta hoy me pregunto ¿cuánto tiempo me llevará olvidarte? ¿Cuántos días, horas y respiraciones me llevarán expulsarte de mi mente, hacer de tus recuerdos fotografías sin luz y de tu voz el sonido monótono de la memoria? ¿Cuántos días? ¿Cuántos meses? ¿Cuánto tiempo?

La primera vez que decidí olvidarte, pensé que me tomaría dos noches. ¿Eso no era lo que le había tomado a César olvidar a su novia con la cual había durado dos años? Estábamos en Estados Unidos, estábamos ebrios. César, ¿qué haces? Ella se trepaba encima de César, le suplicaba a César que le hiciese el amor, y César, callado, sabía que si esa noche decía que no, todas las noches posteriores serían un sí, profundo, arrastrado, un sí ahogado en las almohadas de algodón y las prendas arrebatadas del trabajo.

Pero yo no era César ni tú Vanya.

Las dos noches pasaron y el corazón —claro, como si el corazón tuviese algo que ver— me dijo que no, que todavía estabas allí. Con tu mirada azul, tus ojos tenues y tus labios breves. Estabas allí todavía dando vueltas en mi imaginación, entrando en esos anhelos de futuro, en esas cenas que nunca se darían, en esos abrazos que nunca serían y en esas conversaciones ficticias que nunca se hablarían. Las dos noches pasaron y todavía te quería.

El segundo intento de olvidarte fue más fructífero. No hablemos, por favor. Accediste. Sin tener tu rostro en la bandeja de entrada, poco a poco fui deshaciendo la delicadeza de tus labios, tus hoyuelos, tu cerquillo, tus ojos. La ausencia alimenta el amor o lo destruye. Y para mí siempre fue absurdo el amor de lejos, el amor como recompensa. María, por ejemplo, siempre me hablaba de Victor como endiosándolo, como construyendo una pintura fauvista alrededor de quien hoy es su marido. Dos semanas, tres semanas, cuatro semanas. Los periodos entre beso y beso, entre sexo y sexo, siempre fueron monótonos y aburridos para María. Sentada, veía la vida pasar frente a sus ojos. Mientras sus amigas triunfaban, abrían un negocio, se aventuraban a romperse las piernas o el corazón, María paraba pendiente de su celular, de aquel mensaje de buenos días, de aquel otro de buenas noches.

María era únicamente María cuando tenía a Victor frente a sus ojos. Cuando Victor dibujaba con sus dedos los labios de María, era en ese momento cuando ambos existían, cuando la ausencia había valido la pena. Y aun así, no la entendía. Hubo otros hombres, otros rumores para María. Pero el amor triunfó, o, como me dijo Gabriela por ese entonces, la seguridad, el confort. Mientras el resto de los amigos, compañeros y conocidos de María tomaban decisiones, ella estaba sujeta a las que Victor decidía. Sin Victor, María pudo lograr cosas fantásticas, pero optó por mantenerse a su lado, por ser una extensión de Victor. Y hoy, tengo entendido, vive feliz.

Luego de aquella distancia artificial que construí entre los dos, mi vida tomó un rumbo normal. El café de las siete de la mañana, el trabajo del que me quejaba, pero me daba para comer, los libros que tenía pendiente. Tiempo para mí. Tiempo para reflexionar. Como Rosa, que cuando dejó a Sebastián aprendió que lo único que necesitaba en su vida era de ella misma. Corría Rosa, bailaba Rosa, cocinaba Rosa. Nunca había tenido una vida más absoluta que cuando frente a su espejo se vio entera, sin ningún brazo que la retuviera, sin nadie que le pidiese que volviese a la cama.

Sin embargo, para mí aquella conmoción fue breve. Un día, por los algoritmos de las redes sociales en las cuales todavía nos mantenemos el uno a otro, te volví a encontrar. Tu mirada tenue, tus breves labios, tu risa tímida, tu pálida piel. Hola. Hola. ¿Nos vemos de nuevo? Sí, claro. ¿El sábado? El sábado. Pero, felizmente, aquel día nunca llegó. Nunca nos volvimos a ver, nunca tuve otra ocasión de volver a hacerte reír, ni tú de hacerme cuestionar tantas cosas que creí verdaderas en mí. No como Alejandra, que varias veces regresó con André porque la hacía sentir cosas que ningún otro hombre la hizo sentir jamás. Porque no importa si me engañó, creo que todos cometemos errores. Y hoy los dos, según me contaron, han rentado su primer departamento.