Crónicas Marcianas, descubriendo al hombre en Marte

A través de relatos autoconclusivos, una prosa magnética y reflexiones punzantes, Bradbury yergue un libro imprescindible para todo amante de la ciencia ficción.

Un mundo al borde del colapso político y ambiental, tecnología que nunca hubiésemos pensado dominar y la conquista del espacio como nuestra única vía para obtener nuestra salvación como especie. Quién leyera estas palabras imaginaría, casi inmediatamente, que construyo una radiografía simple y evidente del mundo que nos ha tocado vivir. Ese mundo que, generación tras generación, siempre imaginamos que está por acabar, en ese narcisismo del ser humano que siempre se piensa como el último hombre que verá el último anochecer.

Pero no hablo de este planeta consumido por fauces voraces de una economía que no conoce pausas. O de Elon Musk o Jeff Bezos, que día a día sorprenden al mundo por las prácticas poco éticas de sus compañías, así como por sus intentos de hacer al hombre un ser interestelar. No, hablo del mundo —o los mundos— que Ray Bradbury retrató —aunque me gustaría escribir “vaticinó” o “vaticinará”—, en su imperecedera obra de 1950, Cónicas Marcianas.

Una colección de relatos magistrales

Construir una opinión sobre un libro con más de 70 años de antigüedad, y que hoy todavía es vigente, es una trampa, un atrevimiento sencillo y difícil a la vez. Esto debido a que es casi imposible sostener palabras en contra de la narrativa de un autor que desprendió de su mente historias como Fahrenheit 451, pues, evidentemente, si un libro sobrevive a su tiempo es porque dentro de sus páginas hay genialidad. Y esa genialidad yo la atribuyo a la conjunción de estilo, mensaje y propósito de una obra. Y Crónicas Marcianas, que reúne en sus páginas veintiséis relatos, hace gala de estos tres elementos.

Retrato de Ray Bradbury
Bradbury nunca se identificó como un autor de Ciencia Ficción, pese a su importancia dentro del género. Él decía que escribía fantasía y que su única novela de ciencia ficción había sido Fahrenheit 451. Fuente: Qué Leer

Bradbury, a través de historias autoconclusivas y personajes variopintos, explora tropos humanos perennes. La soledad, la angustia, la ambición, el dolor y más palabras propias de nuestra condición humana —o marciana— se confunden en las historias de esta antología magistralmente. Cito relatos como Los Hombres de La Tierra, La Tercera Expedición o Encuentro Nocturno, donde sus personajes se aventuran a espacios desconocidos y agrestes, y encuentran sin querer el peor de los terrores, la locura y la ironía o una experiencia metafísica llena de angustia y soledad.

A través de giros de tuerca, un humor muy norteamericano y una gran sensibilidad para con el otro, el escritor de Illinois escribe párrafos que emocionan y congojan. Párrafos que hoy, puedo afirmar, persisten en nuestros tiempos, en productos culturales como Rick y Morty, Black Mirror y mucho más.

Y aun así, Crónicas Marcianas es un libro amigable con el lector, un libro universal. Su ágil lectura —a veces poética— y la forma en la cual está articulado permite que uno vaya hilando las historias, construyendo una constelación fatídica página con página. Uno envejece con los hombres que llegan a Marte. Descubre y conquista. Domina lo salvaje y lo somete. Nos volvemos testigos de los efectos que causa el hombre cuando arriba a tierras sin explorar, cuando toma sin preguntar. Como sucedió, por ejemplo, con la conquista (o sometimiento) del continente americano.

Marte, el lugar prometido

Pienso en el libro y pienso en Marte como el lugar prometido, como un Edén árido y mágico, pues Bradbury se encarga de construir un planeta de ensueño. Paisajes impresionantes, ciudades imponentes y una población autóctona que se comunica telepáticamente, que sabe cómo materializar sus pensamientos. Marte es lo que se nos prometió del futuro, un lugar lleno de libertad.

¿Cree usted que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas. No pusimos quioscos de salchichas calientes en el templo egipcio de Karnak sólo porque quedaba a trasmano y el negocio no podía dar grandes utilidades. Y Egipto es una pequeña parte de la Tierra. Pero aquí todo es antiguo y diferente. Nos instalaremos en alguna parte y lo estropearemos todo. Llamaremos al canal, canal Rockefeller; a la montaña, pico del rey Jorge, y al mar, mar de Dupont; y habrá ciudades llamadas Roosevelt, Lincoln y Coolidge, y esos nombres nunca tendrán sentido, pues ya existen los nombres adecuados para estos lugares.

Aunque siga brillando la luna, Ray Bradbury

Es un planeta espléndido que vamos conociendo de la mano de distintos humanos. A Marte se dirigen los hombres que quieren ser libres y no encuentran en la Tierra un lugar que los acoja. Pioneros, conquistadores, rechazados y exiliados. En las crónicas, los terrícolas que llegan al planeta rojo escapan de una Tierra agreste y pútrida. Usher II, por ejemplo, más allá de hacer un homenaje al cuento de Poe, La caída de la Casa Usher, traza ciertas problemáticas que el autor exploró en obras como Fahrenheit 451, la censura y la violencia. En Un Camino a través del Aire, narra el éxodo de la población afroamericana, segregada y vejada por el racismo estadounidense.

Bradbury cincela una serie de personajes ominosos como honrados. Humanos, al fin y al cabo. ¿Pero dónde están los marcianos?, preguntarán. Retratados primero con cierta crueldad y maldad, y luego con pena y soledad, el escritor traza con ellos un paralelismo con los antiguos pobladores de América, los condenados de la tierra. Estos seres son erradicados de su mundo, al igual que los nativo-americanos, reduciendo su existencia a leyendas y mitos. Los nombres de sus lugares fueron bautizados con nombres propios de los terrícolas. Sus tierras fueron arrebatadas. Las poblaciones fueron desplazadas a los márgenes del mundo. Todo incómodamente familiar.

Y aun así, Bradbury casi no juzga explícitamente. Solo muestra lo que algunos podrían considerar el devenir de la historia. Además, halla el autor ciertos momentos para mostrarnos la posibilidad de la unión entre estas dos razas: la humana y la marciana. En El Marciano y Los Largos Años, estas dinámicas de cooperación, tristeza y nexos sentimentales son llevados a su máxima expresión, logrando resultados conmovedores.

Entonces, si Marte es el cielo, ¿en qué se convierte la Tierra? Por simple contraposición, uno lo intuye. Mientras Marte se conquista —o humaniza—, el tercer planeta se desangra por las guerras y el odio. De nuevo, terriblemente familiar. Y todo concluye en un espectáculo tan funesto como asombroso, así como en las mejores películas de ciencia ficción.

«Estoy solo contra todos los granujas codiciosos y opresores que habitan la Tierra. Vendrán a arrojar aquí sus cochinas bombas atómicas, en busca de bases para nuevas guerras», denuncia uno de los personajes de Bradbury en una de las primeras historias del libro. Crónicas Marcianas no es solo la exploración del cosmos, sino la exploración del hombre, sus virtudes y defectos, su voracidad desmedida y las consecuencias de la misma. Es en Marte donde el hombre trasciende al hombre y se convierte en un marciano.